Escribir para ella como cuando se pestañea ante el reflejo de un cristal roto. Porque no sé si lo sabéis, pero vuela. 

Vuela alto y el viento que levanta sabe a verano, a hogueras que se encienden y a olas que te tocan. Sabe a ese vaivén loquísimo que te agarra de la cintura para decirte que si no las saltas las demás tardan un sólo segundo en llegar. Que no pasa nada, que vuelven, que son infinitas, que son justas, que no se acaban. 

Me recuerda a mar y a noche porque te envuelve, porque marea y porque calma. Porque las mariposas más bonitas pueden morirse de pena sólo con que las toques y las condenes a vivir en una jaula de seda. 

Recuerdo una tarde de paseo de verdes vivísimos en la que me regaló una lluvia de pompas de jabón y me dijo: "-Para que te sueñes dentro, pequeña". 

Y ya nunca más pude dejar de soñar. 

Cuentan que una vez la luna llena se acostó en su cama para espiarla y que desde entonces se pelea con el Sol por permanecer. Que le brilla la piel como brillan los aullidos de un lobo. Que de ella dependen las mareas y los bailes a medianoche. 

Con ella aprendes a buscar historias en la pequeñez de los días tranquilos, a leer en la infinitud de la cotidianidad. 

Aprendes que los sueños son libres sólo cuando nosotros lo somos también.

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